Loquillo
Loquillo impone su ley en el Río Verbena: rock y chulería
Si Coque Malla puso la elegancia, Loquillo llegó al Río Verbena Fest para recordar quién es el dueño del garaje. La noche del viernes en Pontevedra vivió un cambio de tercio brutal cuando el barcelonés pisó el escenario. Con casi medio siglo de tablas a sus espaldas, el concierto del Loco no fue un ejercicio de nostalgia, sino una declaración de principios: el rock and roll es actitud o no es nada.
Un festival rendido al «Jefe»
Desde los primeros acordes, quedó claro que estábamos ante el cabeza de cartel indiscutible de este festival. Loquillo aterrizó con su gira Corazones Legendarios, y vaya si hizo honor al nombre. Verle en directo sigue imponiendo ese respeto reverencial, esa mezcla de «macarrismo» ilustrado que tanto le gusta analizar a Diego A. Manrique. No necesita correr; le basta con plantarse frente al micro, levantar el mentón y dejar que la banda, engrasada como una maquinaria perfecta, haga temblar el suelo gallego.
Clásicos, invitados y pura emoción
El setlist fue directo a la yugular. Sonaron himnos intergeneracionales como Feo, fuerte y formal o El ritmo del garaje, coreados con una visceralidad que firmaría el mismísimo Fernando Navarro. Pero la magia del directo estalló con las sorpresas: ver a Álvaro de Benito (Pignoise) subirse para El Rompeolas y, sobre todo, el reencuentro con Coque Malla en Besos robados, fue historia viva de nuestra música.
El cierre con Cadillac Solitario fue el broche de oro para un concierto de dos horas que se hicieron cortas. Loquillo demostró en el Río Verbena que, por mucho que pasen los años y cambien las modas, él sigue siendo ese referente incombustible capaz de conectar con la vieja guardia y con los chavales de primera fila. Larga vida al Rey.





